No era necesario crucificarme presurosa en el altar voraz de tu desdicha. Solo requerías descifrarme a zarosa con tu alma digna, c omo tu inmortal romance. Y así, envuelta en gracia, y vestida de nobleza, al alba Lanzarte serena, curiosamente ingenua, a navegar en compartida soledad otros íntimos océanos. Quizá ilusorios, tal vez ufanos, de cualquier forma procaces, mundanos. Para descubrir al fin en una herida, en pasmo, que en un aciago día de naufragio, todo termina, ... Como empieza ...